Primero se sueña el dibujo, un mapa de formas y colores.
Luego la base aguarda, firme, como tierra fértil.
La porcelana rota, fragmentos de historia—
se cortan, se ordenan, se van colocando una a una,
hasta que el conjunto empieza a respirar.
Entre sus grietas se extiende la lechada,
que une, protege y da sentido.
Al final, cada pieza brilla,
y el mosaico revela que la belleza
nace de lo pequeño y de la unión.